En la soleada Antalya, donde empieza la COP31, los ejecutivos bancarios se han reunido para convertir promesas climáticas en algo que parezca dinero. La idea es electrificar más la economía mundial y usar la inteligencia artificial como motor de esa transición, aunque la propia IA parezca un monstruo que devora electricidad sin parar.
La tecnología podría crear una demanda enorme de energía limpia, según los banqueros, pero al mismo tiempo triplicará el consumo de los centros de datos especializados en IA antes de que acabe la década. Esa misma semana, las acciones tecnológicas cayeron porque se espera que Estados Unidos imponga reglas más duras sobre consumo energético y medio ambiente.
Considerar la IA como solución climática sigue siendo un chiste controvertido. Mientras unos la ven como la gran salvadora, otros señalan que su sed de luz, agua y suelo ya ha provocado protestas contra los centros de datos. El secretario ejecutivo de la convención climática de la ONU la describió directamente como una tecnología de gran consumo energético que aumenta las emisiones.
Turquía, como anfitriona, quiere que en 2035 el 35 por ciento del consumo final de energía mundial provenga de la electricidad, frente al 23 por ciento actual. Los bancos ven ahí una oportunidad de negocio enorme, con inversiones que podrían alcanzar billones de dólares en redes, almacenamiento y energías renovables.
JPMorgan y otras entidades planean usar la cumbre para cerrar conversaciones sobre cómo financiar todo esto sin que el planeta se convierta en una tostadora gigante. Por ahora, nadie sabe exactamente cuál será la huella climática final de la IA, pero depende de decisiones que todavía no se han tomado y que suenan más a ruleta rusa que a plan serio.



