Justo cuando pensabas que tu cartera podía respirar un poco, la inflación decidió que la siesta se había acabado. Según los cerebritos de la OCDE, ese club de países que se juntan para comparar sus problemas económicos, la tasa general subió del 4.1% al 4.3% en agosto. ¿El culpable de este drama? Los precios de la energía, que se tomaron tres cafés de golpe y decidieron arruinarnos el mes con un alza del 13.6%.
Este subidón energético no fue una cosita de nada, la propia OCDE lo calificó de «drástico», que en lenguaje de economista es como gritar «¡sálvese quien pueda!». La fiesta de los precios altos se celebró en 28 de los 37 países miembros, así que casi nadie se salvó de la resaca. Naciones como España, Australia y Bélgica vieron cómo sus facturas energéticas se estiraban más que un chicle pegado en el asfalto bajo el sol de verano.
Mientras tanto, en el club VIP del G7, intentaron hacerse los interesantes con una inflación que apenas subió del 3% al 3.1%. Su truco fue como tapar un agujero del tamaño de un cráter con una curita: la energía se disparó un 1.8%, pero los alimentos les dieron un respiro bajando un 0.4%. Una victoria pírrica que no engaña a nadie cuando llenar el depósito del coche cuesta un ojo de la cara y parte del otro.
Por su parte, la eurozona no se quedó atrás y también se unió al festival del alza, pasando del 3% al 3.2%. La historia es la misma que la de un mal chiste repetido: la energía por las nubes, mientras que todo lo demás intenta mantener la compostura. Los datos más recientes sugieren que septiembre viene con más de lo mismo, con el barril de petróleo Brent coqueteando con los 100 dólares como si no hubiera un mañana.
Así que ya sabe, si su cartera llora cada vez que pasa por una gasolinera, no está loco, solo está viviendo en la economía actual. Los expertos solo están confirmando lo que su cuenta bancaria le grita desde hace semanas. Ahora disculpen, voy a ponerle una veladora al recibo de la luz.




