La capital japonesa sigue con la inflación clavada por encima del 2 por ciento que tanto ansía el Banco de Japón. En octubre los precios al consumo sin alimentos frescos subieron un 2,6 por ciento respecto al año anterior, apenas una décima menos que en septiembre. El dato general llegó al 2,8 por ciento y el núcleo que excluye energía también se mantuvo en 2,6. Todo coincide con lo que esperaban los economistas, pero nadie parece contento.
Los precios de la energía volvieron a subir con fuerza: la electricidad aumentó un 1,7 por ciento y el gas natural un 4,9. El alojamiento tampoco dio tregua y encareció un 6,7 por ciento. Mientras tanto, las ayudas gubernamentales para las facturas de verano ya están desapareciendo, así que el alivio fue temporal. Los analistas advierten que la presión por los costes importados sigue siendo la principal culpable.
El mercado ya descuenta con un 80 por ciento de probabilidad una subida de tasas en diciembre. Hoy se espera que el Banco de Japón mantenga todo igual, pero la paciencia se acaba. Los datos de Tokio funcionan como termómetro nacional y muestran que la inflación subyacente ya alcanzó el objetivo, aunque el origen interno siga flojo.
El desempleo bajó al 2,4 por ciento y hay 119 vacantes por cada cien personas buscando trabajo. La producción industrial creció un 2,2 por ciento y las ventas minoristas un 2,3. La demanda interna resiste, pero los precios siguen subiendo porque las empresas ya no tienen miedo de trasladar los costes al cliente.
La primera ministra Sanae Takaichi tiene el coste de la vida como principal dolor de cabeza. La Dieta discute recortes temporales del impuesto al consumo en alimentos y ayudas para los sueldos más bajos. Nadie quiere volver a la deflación, pero tampoco que los precios se conviertan en un monstruo que devora sueldos sin control.




