La economía europea tiene más fiebre que un adolescente en concierto, con una inflación que supera por mucho el sagrado objetivo del 2.0% del Banco Central Europeo (BCE). La principal culpable de este desmadre es la factura de la luz y la gasolina, que ha subido tanto que ya se usa como unidad de medida para calcular la distancia a la luna. Sin embargo, este incendio de precios todavía no ha saltado a la comida o la ropa, como si el fuego tuviera la decencia de quedarse en un solo cuarto de la casa.
En medio del pánico, aparece Olli Rehn, un mandamás del BCE, para decirnos que nos calmemos, que todo está fríamente calculado. Según él, el remedio que están aplicando —subir las tasas de interés como si no hubiera un mañana— está funcionando porque le está dando tal paliza al crecimiento económico que ya nadie tiene ganas de gastar. Es una lógica impecable: para curar el dolor de cabeza, nada mejor que darse un martillazo en el pie para que el dolor cambie de sitio.
Este brillante plan llega después de que los genios del BCE ya subieran las tasas dos veces durante el verano, y ahora discuten si seguir apretando la tuerca hasta que algo se rompa. Mientras unos ven riesgos de que la inflación se convierta en un monstruo imparable, otros como Rehn insisten en que hay “fuerzas opuestas” en juego. Básicamente, es como intentar frenar un camión sin frenos empujándolo en la dirección contraria con un cochecito de bebé.
Para que no parezca que la idea se le ocurrió a él solo, Rehn se apuró a decir que su análisis es muy parecido al del economista jefe del banco, Philip Lane, en un claro ejemplo de «yo también opino lo mismo que el jefe». Pero no todos duermen tranquilos. Otra colega, Isabel Schnabel, advirtió que quizás se les está pasando la mano con la medicina y la economía podría reaccionar peor de lo esperado, como un paciente que entra por un resfriado y sale en coma inducido.
Así que, mientras los trajeados del Banco Central Europeo debaten si su plan de «ahorcar un poquito a la economía para que se le baje la fiebre» es genial o una catástrofe, el ciudadano de a pie sigue mirando su cartera con cara de espanto. Ellos discuten sobre complejas teorías monetarias y el resto del mundo aprende a hacer malabares para llegar a fin de mes. ¡Ánimo, Europa



