Cuando todos esperaban ver a la economía europea pidiendo limosna en una esquina por culpa de la crisis energética, resulta que el paciente no solo sigue vivo, sino que está pidiendo otra ronda. Según los cerebritos del Banco Central Europeo, el continente ha aguantado el golpe mejor que un boxeador de película. Aparentemente, la receta mágica ha sido una mezcla de menos adicción al petróleo, un gobierno que suelta la chequera y una inversión masiva en inteligencia artificial que nadie vio venir.
El gran secreto del éxito es que la eurozona ahora depende del petróleo solo la mitad de lo que lo hacía en los años 90. Es como ese amigo que dejó la gaseosa y ahora se cree un gurú del bienestar, solo que en este caso sí funcionó. Con más energía renovable y nuclear en la mezcla, el vínculo entre el precio del gas y la factura de la luz se ha debilitado, evitando que los ciudadanos tengan que vender un riñón para encender la estufa.
Pero el verdadero giro de la trama viene de la mano de los robots. El comercio relacionado con la inteligencia artificial se ha convertido en un «importante motor» para la economía, con pedidos de exportación tecnológica disparados. Básicamente, mientras los humanos se preocupaban por la guerra y la inflación, las máquinas se pusieron a trabajar en silencio para salvar el día, probablemente a cambio de no ser desenchufadas.
Por si fuera poco, los gobiernos se pusieron generosos, duplicando las previsiones de estímulo fiscal con un 0.5% del PIB. El gobierno alemán, en un ataque de pánico y generosidad, empezó a repartir billetes para defensa e infraestructura, demostrando que no hay problema que una buena inyección de dinero no pueda disimular temporalmente. Es la clásica estrategia de tapar un agujero con un billete de quinientos euros.
Pero como toda buena fiesta, los aguafiestas del BCE ya advirtieron que la música podría parar en cualquier momento. Advirtieron que este milagro económico podría ser más temporal que un propósito de año nuevo. La demanda mundial, el dinero del gobierno y el auge de la inteligencia artificial podrían esfumarse, dejando a la eurozona más vulnerable que un turista sin protector solar en pleno agosto. Así que, a disfrutar mientras dure, que la próxima crisis ya debe estar calentando en la banda.




