Desde la exótica Bangkok, donde seguro el cafecito está más caro, el comisario europeo de Economía, Valdis Dombrovskis, nos ha regalado una joya de tranquilidad forzada. Imaginen a un piloto diciendo por el altavoz: «No hay turbulencia, pero por si las dudas, abróchense los cinturones hasta las muelas». Pues algo así dijo Valdis, asegurando que no se viene una nueva crisis de deuda, pero que más vale que los gobiernos se porten bien y no gasten como si no hubiera un mañana.
El señor Dombrovskis básicamente nos explicó que la fiesta se está poniendo cara. Los costos de la deuda están subiendo más rápido que la espuma de la cerveza mal servida, gracias a que tanto gobiernos como empresas deben hasta la camisa. A esto súmenle la inflación, ese fantasma que hace que tu quincena se evapore antes de llegar a tu cuenta. Es la clásica historia de deberle a todo el mundo y que, encima, te suban los intereses de la tarjeta.
Y como en toda familia disfuncional, hay un hijo problema: Francia. La diferencia entre lo que cuestan sus deudas y las de Alemania, la hermana responsable, está por las nubes. Es el equivalente financiero a que tu hermano te pida prestado para «una emergencia» por décima vez en el mes. Encima, su parlamento no se pone de acuerdo con el presupuesto, discutiendo como si decidieran qué pizza pedir mientras la casa se incendia.
A Valdis le preguntaron si veía venir otra pesadilla como la del 2010-2012, esa que casi manda al euro a vender chatarra. Su respuesta fue un rotundo «No», pero con la misma convicción de alguien que dice «mañana empiezo la dieta» con un pastel en la mano. El recuerdo de esa última juerga financiera, que dejó a varios países con una resaca económica de años, todavía provoca sudores fríos en Bruselas.
En resumen, el mensaje oficial es: «Todo está bajo control, pero caminen de puntitas y no hagan ruido, no vaya a ser que se despierte la bestia de la deuda». Así que duerma tranquilo, ciudadano europeo, sus finanzas están en manos de expertos que le dicen que no se preocupe, mientras cruzan los dedos y rezan a todos los santos de la economía. ¡Qué alivio




