La economía argentina tiene doble personalidad: una va a Dubái y la otra no llega a fin de mes

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Resulta que la economía argentina es como esos gemelos de las películas: uno es un millonario exitoso y el otro sigue viviendo en el sótano de sus padres. Mientras que Vaca Muerta, la minería y el campo están de fiesta pidiendo rondas para todos, el resto del país mira desde la ventana con la nariz pegada al vidrio. Esta convivencia de un sector que despega en cohete y otro que sigue atado al piso con cinta adhesiva es la receta perfecta para un desconcierto nacional que ya dura demasiado.

Informe El Chapucero

El crecimiento del país se mueve con la gracia de un borracho intentando pasar una prueba de sobriedad, en lo que los expertos llaman un avance “en serrucho”. Por ejemplo, la industria en agosto subió un tímido 1.9%, pero solo después de haberse pegado un porrazo del 5.1% en julio. Es como subir dos escalones y caerse por diez, una estrategia brillante para terminar más abajo de donde empezaste y con los pantalones rotos.

La desconfianza es tal que invertir en el país se parece a jugar a la ruleta rusa con seis balas. Las reglas cambian más rápido que las modas de TikTok, y el ruido político entre el oficialismo y la oposición suena como una pelea de vecinos a las tres de la mañana. Los inversores ven esto y huelen el peligro de una “vuelta al populismo irresponsable”, que es el equivalente financiero a que tu cuñado te pida plata prestada otra vez.

Para el ciudadano de a pie y las pequeñas empresas, el panorama es aún más desolador. No invierten porque, sencillamente, no le venden un clavo a nadie, mientras los costos suben como si tuvieran cohetes en los talones. El consumo está por los suelos porque el crédito es un mito urbano y el poder adquisitivo se encogió en la lavadora. Pedir un préstamo hoy es más difícil que encontrar a alguien que use el intermitente para girar.

A este circo se suma la llamada “enfermedad holandesa”, un mal que suena elegante pero que es una patada en la espinilla para la mayoría. Los sectores estrella, como la energía, generan una ilusión de estabilidad cambiaria que funciona como un calmante para la inflación, pero que al mismo tiempo deja en coma al resto de la industria. Las inversiones millonarias están “encapsuladas” en esos sectores, sin derramar ni una gota al resto, como si guardaran el dinero en un recipiente hermético.

Así las cosas, esta grieta entre la Argentina que exporta a lo grande y la que cuenta monedas para el autobús seguirá marcando el ritmo en los próximos meses. La dinámica sugiere que, para las próximas elecciones, un sector del país estará planeando su próximo viaje a la luna mientras el otro seguirá debatiendo si alcanza para comprar polenta o arroz. Un despropósito que ya ni siquiera causa gracia.

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