¡Atención, tesoreros estatales! Parece que el fenómeno de El Niño viene con ganas de aguarles la fiesta y, de paso, las finanzas. Según los genios de S&P National Ratings, este invitado no deseado planea un doble golpe maestro: primero, le pondrá un freno de mano a la economía para que entre menos lana y, después, les pasará la cuenta por los destrozos de sequías e inundaciones. Es como si el universo te dijera: «No solo no te voy a pagar, sino que me debes por haber venido».
Hay diez valientes que están en la primera fila para recibir la tunda climática. Estados como Baja California Sur, Quintana Roo y Sinaloa, que viven del turista en sandalias y del aguacate, tienen más del 34% de su Producto Interno Bruto temblando como gelatina. Básicamente, sus principales fuentes de ingreso son tan sensibles al clima como un adolescente a una crítica de su peinado. Una sequía por aquí, un huracán por allá, y adiós al paraíso fiscal… y al paraíso real.
Pero la cosa no solo va de números grandotes en informes aburridos, sino de la chamba de la gente. En lugares como Nayarit, Baja California Sur y Quintana Roo, casi cuatro de cada diez empleos dependen de que el sol brille y los cultivos crezcan, una situación bastante peliaguda. Mientras tanto, en Chihuahua o Coahuila, donde la dependencia es de un modesto 13%, ven los toros desde la barrera, aunque con un ojo puesto en el medidor del agua. Porque, como veremos, nadie se salva del todo en esta rifa del tigre.
¿Creían que los estados industriales con sus fábricas y sus obreros con casco estaban a salvo? ¡Pues no! La calificadora les recuerda que para armar coches se necesita un montón de agua, y El Niño es experto en cerrar la llave. Así que Aguascalientes, Guanajuato y Sonora, muy orgullosos de su músculo manufacturero, podrían ver sus líneas de producción más lentas que una conexión a internet de pueblo. Resulta que la sed no discrimina entre un campo de maíz y una planta automotriz.
Para echarle más limón a la herida, el cochinito de emergencia del gobierno, conocido como Fonden, ya no existe. Antes había una reserva de unos 27,000 millones de pesos para estas desgracias, pero digamos que se «reubicó» en 2020. Ahora, si un estado necesita ayuda, tiene que formarse con cara de perrito regañado a pedirle al gobierno federal, cuyo presupuesto ya está más apretado que un tornillo de submarino.
En resumen, el panorama es este: los estados enfrentarán el equivalente financiero a que te bajen el sueldo y al mismo tiempo se te descomponga el refrigerador, la lavadora y el coche. S&P no da cifras exactas del desastre, pero la advertencia es clara. Así que, si ven a su gobernador con cara de preocupación, no es por el futuro de la nación, probablemente solo está haciendo cuentas para ver si le alcanza para los parches y las cubetas.



