Resulta que hasta los gigantes financieros tienen sus días de torpeza monumental. El Servicio Nacional de Pensiones de Corea del Sur, un fondo con más dinero que el tío rico de la familia, acaba de protagonizar una caída tan espectacular que haría sonrojar a un actor de telenovela. Los genios a cargo lograron la hazaña de esfumar 182 billones de wones, el equivalente a unos 137,000 millones de dólares, porque el valor de sus juguetitos tecnológicos se fue a pique como si le hubieran puesto un yunque encima.
A principios de año, estos muchachos iban por la vida presumiendo una rentabilidad récord del 27.2%, sintiéndose los reyes del mambo financiero. Pero el universo tiene un sádico sentido del humor, y la fiesta se acabó de golpe. Su enorme apuesta en gigantes como Samsung y SK Hynix demostró ser tan segura como construir un castillo de naipes durante un huracán, evidenciando su total vulnerabilidad al ciclo de auge y caída de las acciones tecnológicas.
El desglose del desastre es casi poético en su simpleza. El valor de sus acciones en SK Hynix se desplomó en 74.2 billones de wones, mientras que su tajada en Samsung Electronics perdió 56.9 billones. Estas dos empresas, sus consentidas, fueron responsables de cerca del 72% de todo el agujero financiero. Es el equivalente a confiarle tus ahorros a dos sobrinos que prometieron invertirlos en un negocio seguro y terminaron comprando una colección de tapas de yogur.
Para ponerle la cereza a este pastel de lodo, el índice bursátil de Corea del Sur, el Kospi, alcanzó un máximo histórico en junio solo para despeñarse un 39% hasta mediados de octubre. Este sube y baja, más errático que el humor de un adolescente, dejó al fondo de pensiones con cara de no entender qué pasó. Ahora, hasta los políticos les echan la bronca por no haber actuado como «estabilizador del mercado» durante la carnicería bursátil.
Mientras los trajeados se culpan unos a otros, los futuros jubilados de Corea del Sur probablemente estén revisando sus planes de retiro para incluir más sopa instantánea y menos viajes por el mundo. La lección del día es clara: no importa cuán grande seas, el mercado siempre encuentra la manera de recordarte que es él quien manda, y a veces lo hace con la sutileza de un martillazo en los dedos.



