Canadá y Turquía inician un romance comercial para esquivar a Washington

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El primer ministro canadiense Mark Carney llegó a Ankara con la intención de reducir su dependencia de Estados Unidos y buscar nuevos socios, como quien huye de una suegra insistente. Turquía respondió con entusiasmo y ambos países anunciaron el inicio de negociaciones para un acuerdo de libre comercio antes de que termine el año. El volumen actual de intercambios ronda los tres mil millones de dólares y pretenden llevarlo primero a cinco mil y después a diez mil.

Erdogan propuso duplicar los vuelos directos entre los dos países, como si más aviones pudieran resolver todos los problemas de la economía. Los negociadores se reunirán el mes próximo en la capital turca para dar el primer paso formal del acuerdo. Carney insistió en que el objetivo no es la autosuficiencia sino la resiliencia colectiva, una forma elegante de decir que prefieren aliados más predecibles que su vecino del sur.

Los sectores prioritarios incluyen energía, aeronáutica y minerales críticos, con una posible colaboración en energía nuclear que suena a experimento de laboratorio. Mientras tanto, el primer ministro canadiense ya ha retomado contactos con Arabia Saudita, India, China y Europa, recorriendo el mundo como quien busca pareja en varias aplicaciones al mismo tiempo. Turquía aparece como el socio excepcional en esta ronda de citas comerciales.

El tono de las declaraciones sugiere una alianza pragmática más que una amistad eterna. Carney describió a Turquía como un compañero fiable que genera oportunidades mutuas, sin promesas de amor eterno. La guerra comercial con Washington funciona como telón de fondo constante, recordando a ambos que a veces hay que cambiar de compañero de baile antes de que te pisen los pies.

Erdogan y Carney posaron juntos ante los medios con la seguridad de quien acaba de firmar un pacto temporal para sobrevivir al mercado global. Nadie mencionó cuánto durará esta nueva relación, pero por ahora parece más cómoda que la anterior. Al final, el libre comercio se presenta como la solución más absurda y necesaria para no quedarse solos en la fiesta.

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