En las catacumbas del poder económico, donde los meros mortales solo imaginamos montañas de billetes, los cerebritos de la Junta de Gobierno del Banco de México tuvieron una de sus místicas reuniones. Tras mantener la tasa de interés en un terco 6.50% por tercera vez consecutiva, parece que el aburrimiento ya hizo mella. Resulta que tres de sus miembros andan coqueteando con la idea de bajarle dos rayitas al precio del dinero, como quien se anima a pedir un postre aunque la panza ya no dé para más.
La principal razón de este repentino ataque de audacia es algo que llaman con elegancia la «holgura de la brecha del producto», que básicamente significa que la economía está más floja que un resorte de colchón viejo. Uno de los iluminados describió la situación con la poética frase «atonía de la actividad económica», que en español de la calle quiere decir que la economía tiene menos pulso que un maniquí de aparador. Según ellos, con esta flojera generalizada, no hay riesgo de que los precios se disparen como cohetes en feria de pueblo.
Como si esto fuera un concurso de popularidad en la secundaria, cuatro de los miembros no pudieron evitar voltear a ver qué hacía el vecino rico del norte, la Reserva Federal de Estados Unidos. Mencionaron el diferencial de tasas, que es como comparar cuánto cobra cada uno por prestarte para las sodas. Sin embargo, solo uno de ellos se mostró realmente ansioso por copiarle la tarea al banco central estadounidense, sugiriendo que tal vez deberían seguirle el paso para no desentonar en la foto grupal.
Para añadirle más sabor al caldo, varios se colgaron la medalla por el comportamiento del tipo de cambio, afirmando que nuestro querido peso mexicano estaba portándose como un campeón y ayudando a mantener la inflación a raya. Uno de ellos prácticamente sacó el confeti, destacando que la cotización del peso seguía siendo un firme aliado. Otro hasta recordó con nostalgia cómo la moneda se había apreciado en comparación con los niveles de finales de 2024, casi como si hablara de los buenos tiempos de su juventud.
Pero, en un giro de guion digno de telenovela, el peso decidió que ya no quería jugar a ser el niño bueno y cerró septiembre con una depreciación mensual del 6.32%. Mientras los genios de Banxico le echaban porras, el peso se fue de fiesta y terminó con una resaca monumental. Una pequeña pifia en sus cálculos, demostrando que la economía tiene el mismo sentido del humor que un suegro enojado que te encuentra revisando su refrigerador a medianoche.



