Los adivinos con corbata de BCA Research, que hasta ayer veían a Brasil con el mismo optimismo que a un lunes por la mañana, han dado un giro de 180 grados. Resulta que el avance electoral de Flávio Bolsonaro les hizo cambiar de opinión más rápido que político en campaña. Ahora han guardado sus apuestas apocalípticas, aunque se apuraron en aclarar que nadie espere una versión brasileña de la terapia de choque que Javier Milei aplica en Argentina.
Y es que Bolsonaro sorprendió a todos, sacándose un 47 % de los votos de la galera frente al 45,2 % de Lula da Silva, quien al parecer perdió a tres millones de seguidores por el camino. Ni siquiera el aumento del 15 % en el programa social Bolsa Família logró que su base electoral dejara de ver telenovelas para ir a votar, marcando la participación más baja desde 1998. Parece que la gente prefirió quedarse en pijama antes que elegir entre susto o muerte.
La principal advertencia de los analistas es para los que ya se imaginaban a Bolsonaro con una motosierra recortando el gasto público. Según ellos, comparar a Brasil con Argentina es como comparar un resfriado con una plaga bíblica. Los argentinos, con el agua al cuello por la inflación, le dieron a Milei un cheque en blanco para que hiciera lo que quisiera, incluso si dolía. En Brasil, la cosa no está tan dramática como para pedir a gritos un ajuste fiscal de esa magnitud.
Eso sí, Bolsonaro tendrá el Congreso más amigable que cualquier presidente brasileño desde 1988, con su partido controlando el 23,6 % de los diputados y el 36 % del Senado. Sin embargo, para cualquier reforma necesitará negociar con el “Centrão”, un grupo de partidos cuyo único principio es apoyar a quien les ofrezca más cargos y presupuesto. Básicamente, es como intentar poner a dieta a alguien que vive en una pastelería.
El verdadero monstruo debajo de la cama es la deuda pública. Para que el país no termine pidiendo prestado hasta para el café, necesita un superávit primario del 2,5 % del PIB, pero ahora mismo tiene un déficit del 0,6 %. Corregir ese desastre requeriría un ajuste tan brutal que, según los expertos, hundiría la economía en una recesión más profunda que capítulo de serie dramática.
Así que, en resumen, los genios de las finanzas ahora ven dos caminos para Brasil: un ajuste fiscal simbólico que patee el problema para adelante hasta que la deuda explote, o un ajuste moderado que cause una recesión en 2027. Sea cual sea el resultado, parece que el único repunte garantizado es el de la ansiedad de los inversores. ¡Hagan sus apuestas




