Parece que la economía francesa se despertó con una resaca de las que hacen historia. La rentabilidad de su deuda de referencia alcanzó un febril 5%, una cifra que no se veía desde 2002, cuando la gente todavía pensaba que los pantalones a la cadera eran una buena idea. Este numerito es el equivalente financiero a que tu médico te diga que tienes el colesterol por las nubes y que tu dieta de vino y queso ya no es sostenible. La culpa, cómo no, la tienen los precios de la energía, que están subiendo más rápido que la espuma en una fiesta de pueblo.
Para colmo de males, la brecha entre los bonos franceses y los alemanes es ahora la más ancha en 15 años, lo que se traduce en que los inversores confían más en la palabra de un contador alemán que en la de un político francés. Es como si Francia fuera ese primo parrandero que siempre pide prestado y promete pagar la próxima semana, mientras Alemania es el primo aburrido que ahorra cada centavo. La diferencia de confianza es tan grande que ya casi mide lo mismo que la distancia entre París y la sensatez fiscal.
La situación interna tampoco ayuda, con un parlamento que parece una reunión de vecinos donde nadie se pone de acuerdo ni para pintar la escalera. La aprobación del presupuesto se ha convertido en una telenovela de bajo presupuesto con más drama que argumento, mientras la gente en la calle protesta porque el costo de la vida los tiene comiendo pan duro. Expertos como Pooja Kumra, del Toronto Dominion Bank, básicamente han dicho que, aunque aprueben algo, será un remiendo de última hora que no convencerá a nadie.
Como si no fuera suficiente, los precios de la energía siguen echándole más leña al fuego. Los futuros del gas natural europeo subieron un 4% y el petróleo crudo anda coqueteando con los 110 dólares por barril, precios que le dan un susto a cualquiera que tenga que llenar el tanque del coche. Hasta el director ejecutivo del Deutsche Bank, Christian Sewing, mira la situación desde lejos como quien ve un choque en cámara lenta, señalando que la inestabilidad francesa es motivo de preocupación para toda la zona.
Con este panorama, el euro se ha puesto más débil que un anémico en un maratón, cayendo a 1.1214 dólares. Mientras el gobierno intenta hacer malabares con un presupuesto imposible, elecciones a la vuelta de la esquina y una población que ya perdió la paciencia, el futuro económico de Francia parece más complicado que armar un mueble de Ikea sin instrucciones. La única certeza es que las cosas se están poniendo lo suficientemente feas como para que alguien empiece a vender palomitas.




