El secretario del Tesoro, Scott Bessent, llamó por teléfono a su colega chino He Lifeng y le soltó que ya basta de cuentos: que cumplan lo firmado en Busan o que se preparen para un revolcón comercial de los gordos. Según el comunicado, Bessent dejó claro que los compromisos de octubre de 2025 no son una sugerencia de suegra, sino una orden con fecha de caducidad.
El funcionario norteamericano también se quejó de unas medidas chinas recientes que, según él, huelen a trampa de feria. No las nombró, pero el mensaje fue claro: nada de pañales sucios bajo la alfombra. Espera resultados concretos, no excusas de tendero que cierra antes de la hora.
Todo esto ocurre a menos de quince días de la cumbre de la Apec en China, donde Donald Trump se reencontrará con Xi Jinping por primera vez desde aquella visita lujosa de septiembre en Washington. Los dos países habían alargado su tregua comercial hasta el 10 de enero, como quien aplaza la discusión con la pareja para no estropear la cena.
Fuera de la recepción oficial, los negociadores estadounidenses ya venían con la mosca detrás de la oreja porque Pekín no está enviando los imanes de tierras raras al ritmo prometido. Esos imanes, que valen oro para coches, móviles y tanques, parecen haberse quedado atascados en alguna aduana china como el coche de un vendedor de chatarra.



