El primer ministro Mark Carney ya no quiere volver a la mesa familiar con el vecino del norte como si nada hubiera pasado. Tras la paliza electoral a los republicanos, Ottawa repite que el comercio no regresará a la normalidad anterior a las tarifas y que hay que buscar otros socios antes de que el patio trasero se convierta en el estado número cincuenta y uno.
El ministro Dominic LeBlanc aclaró que las pláticas seguirán con la Casa Blanca, no con el nuevo Congreso demócrata, porque la orden de diversificar sigue intacta. Los aranceles de Trump golpearon la economía canadiense como un golpe de hielera en pleno verano y las bromas sobre anexión provocaron boicots a productos estadounidenses que todavía duelen.
Carney se bajó de las negociaciones en agosto acusando a Washington de querer pasar por encima de la soberanía canadiense, pero ahora dice que el equipo de Trump cedió en algunas líneas rojas. Nadie sabe cuáles, porque los detalles se guardan mejor que las recetas de la abuela.
Mientras tanto, Trump asegura que el nuevo acuerdo comercial llegará muy pronto. Los canadienses, por su parte, ya empiezan a mirar hacia Europa y Asia como quien busca pareja después de una relación tóxica: con desconfianza, pero con ganas de no repetir el mismo error.




