Las urnas abrieron este martes en la costa este de Estados Unidos y el ambiente ya parecía final de telenovela mexicana con todo y villano de bigote. Los demócratas llegaron dispuestos a quitarle al republicano el control del Congreso, como quien le quita el control remoto al suegro que no deja ver el partido.
Las encuestas cantan que los de azul se quedarán con la Cámara de Representantes y hasta podrían birlarle algunos escaños del Senado al equipo de Trump. Todo esto impulsado por el hartazgo de los votantes, el precio de la luz que parece factura de teléfono de los noventa y ese enredo eterno con Irán que nadie entiende pero todos pagan.
El expresidente de ochenta años pasó casi un mes entero dando mítines como si estuviera vendiendo licuadoras en la tele. “Imagínense que yo estoy en la boleta”, repetía, aunque su popularidad estuviera más baja que las defensas de un equipo de fútbol en descenso. Los comicios ya van por más de once mil millones de dólares, una cifra que da para comprar varios países pequeños y todavía sobra para el café.
Además de renovar gobernadores, hay referéndums por todos lados y hasta un candidato demócrata en Alaska que se llama exactamente igual que el republicano, lo que promete un lío digno de notario borracho. Los resultados podrían tardar días, porque en algunos estados cuentan los votos más despacio que el abuelo contando chistes.
Al final, todo apunta a que Trump podría pasar sus últimos meses de mandato como quien intenta freír un huevo con el sartén al revés: con mucho ruido y pocas posibilidades de que salga algo comestible.




