El presidente de ochenta años terminó su gira relámpago por estados republicanos más cansado que una nevera en pleno agosto. Canceló actos en Iowa y Kansas, los cambió por mítines virtuales y al final decidió celebrarlos de todos modos el domingo. Sus seguidores más fieles siguieron aplaudiendo como si nada hubiera pasado.
Las encuestas dan a los demócratas opciones claras de controlar la Cámara de Representantes y hasta varias rutas hacia el Senado. Los republicanos, sin embargo, creen que pueden retener Maine y algunos estados del Medio Oeste si nadie se distrae demasiado. El problema es que Trump se distrae con facilidad.
Durante los mítines el mandatario dedicó más tiempo a comentar el trasero del senador Jon Husted que a explicar cómo bajará el precio de la gasolina. También elogió el de Nicki Minaj calificándolo de “precioso” y “difícil de pasar por alto”. Los votantes que dicen que la economía es lo más importante se quedaron esperando el resto del discurso.
Trump prometió cheques de cinco mil dólares para quien mantuviera el Congreso en manos republicanas, pero luego aclaró que con ese dinero apenas alcanzaría para una hamburguesa y un postre pequeño en Mar-a-Lago. Al mismo tiempo revivió su pelea con Obama sobre las reformas doradas de la Casa Blanca y volvió a culpar a Biden de la inflación.
Los demócratas ya compraron publicidad en distritos que Trump solía ganar con holgura. Los republicanos responden que sus bases conservadoras acudirán igual a votar, aunque el propio Trump parezca más interesado en el físico de los candidatos que en los números de las encuestas.




