Los guardacostas chinos decidieron que el mar al este de Taiwán es su nueva zona de recreo y mandaron al buque Hushi a dar vueltas como quien pasea al perro por el parque. Pekín lo llama “operación rutinaria”, pero para los taiwaneses es como si el vecino te invadiera la terraza y encima te dijera que es para “mantener el orden”.
Taiwán no se quedó de brazos cruzados y sacó el buque Ji’an para seguirlos como un ex que no supera el rechazo. La Guardia Costera de la isla lo definió sin rodeos: “falsa aplicación de la ley y auténtico hostigamiento”, o sea, el equivalente marítimo de que te sigan por la calle con una cámara y te digan que es “ejercicio de soberanía”.
Mientras tanto, en el mar de China Meridional, el Ejército Popular de Liberación repitió la jugada cerca del atolón Scarborough, esa roca que China controla desde 2012 como quien guarda un asiento en el autobús con el bolso. Filipinas, que lo llama Bajo de Masinloc, lo ve como el típico casero que cobra alquiler por algo que nunca te dio en propiedad.
Los analistas dicen que esas aguas orientales son la ruta de escape perfecta si las cosas se ponen feas, como la puerta trasera de la discoteca cuando aparece la policía. Pekín insiste en que Taiwán es suyo y que no descarta “usar la fuerza”, frase que en boca de cualquier ex suena a amenaza velada y aquí también.
Al final, todo parece una telenovela de alto presupuesto donde los actores tienen barcos en vez de lágrimas y el guion lo escribe el que más misiles tiene. Los 23 millones de taiwaneses siguen repitiendo lo mismo que cualquier persona adulta en una discusión familiar: “esto lo decidimos nosotros, no la suegra”.




