Wall Street presume de estar en la cima, pero varios gráficos esconden tormentas que nadie quiere mirar de frente. Los pronósticos oficiales esperan que la inflación del PCE baje al 2,3 por ciento el próximo año, aunque los precios de los bienes manufacturados ya subieron un 24,3 por ciento en los últimos doce meses. Esa diferencia parece una apuesta optimista que podría terminar en resaca para la Reserva Federal.
El auge de la inteligencia artificial está desplazando a otras empresas del mercado de capitales. La inversión relacionada con la IA crece como porcentaje del producto interno bruto, mientras el resto de la inversión fija privada se reduce. Los analistas lo llaman efecto de desplazamiento y temen que la economía se vuelva aún más dependiente de un puñado de empresas tecnológicas.
La concentración de riqueza también genera dolores de cabeza. El cincuenta por ciento de los hogares con menores ingresos apenas ha aumentado su patrimonio neto y carga con gran parte de la deuda de consumo. Con las tasas de interés altas, ese grupo tiene menos margen para gastar, lo que podría frenar el consumo que sostiene a la bolsa.
Las ofertas públicas iniciales, que antes generaban euforia, ahora suelen decepcionar. Estudios muestran que las nuevas empresas que entran a los índices suelen rendir menos que el mercado durante su primer año. Los inversores que compran en la ola de entusiasmo terminan pagando la cuenta cuando la realidad llega.
La comparación más inquietante es con el año 2000. El impulso de los semiconductores y el gasto masivo en energía para centros de datos repiten patrones que ya se vieron antes de la gran caída tecnológica. Las empresas de servicios públicos ya contrataron capacidad para 153 gigavatios, casi el doble de lo que las previsiones más optimistas esperan hasta 2030. Si la historia rima otra vez, el final podría ser igual de ruidoso.




