¡Ay, caray! Las elecciones intermedias del 3 de noviembre en Estados Unidos no solo decidirán quién manda en el Congreso durante la segunda mitad del mandato de Donald Trump, sino que también podrían convertir la relación con México en un capítulo de telenovela con más giros que una piñata en carnaval.
Especialistas del CISAN de la UNAM advirtieron que, gane quien gane, México tendrá que bailar con republicanos y demócratas como quien intenta ligar en una boda sin saber quién es el suegro peligroso. Silvia Núñez García, Estefanía Cruz Lera y Oliver Santín Peña coincidieron en que estos comicios son el momento perfecto para que la diplomacia mexicana saque su mejor sombrero de charro y prepare planes de contingencia.
En total se renovarán los 435 escaños de la Cámara de Representantes, 35 del Senado y 36 gubernaturas. O sea, más puestos que en una rifa de tamales. Aunque normalmente vota menos gente que en un partido de fútbol sin goles, esta vez se espera mayor participación por el enojo acumulado contra las políticas federales.
Estefanía Cruz Lera explicó que el Congreso podría ponerle el freno de mano a algunas locuras migratorias de Trump, especialmente las del temido ICE, como si el Legislativo fuera el tío que llega a la fiesta y apaga la música cuando ya va la tercera ronda de tequila.
En materia comercial, el T-MEC sigue siendo el platillo fuerte. Oliver Santín Peña señaló que los demócratas prefieren el esquema trilateral, lo que conviene a México y Canadá, mientras que los republicanos sueñan con negociaciones bilaterales más parecidas a regatear en el tianguis. Ambos partidos, eso sí, coinciden en que hay que vigilar a China como si fuera el vecino que siempre pide prestada la aspiradora.
Silvia Núñez García insistió en que México debe mantener puentes con las dos fuerzas políticas porque los temas de frontera, migración y seguridad no desaparecen por arte de magia. Cruz Lera añadió que una mayor presencia demócrata podría servir para cuestionar políticas migratorias más rápido que un meme en redes.
Al final, el reto para México es claro: adaptarse al nuevo reparto sin apostar todo a un solo equipo, porque el comercio, la migración y la seguridad seguirán siendo el mismo guiso picante aunque cambien los cocineros en Washington.




