Moscú ha decidido que lo que necesita el continente africano no son más molinos de viento ni paneles solares, sino auténticos trasatlánticos atómicos anclados frente a la costa. Según el director de Rosatom, Alexéi Lijachov, varios países africanos pagan la luz como si fuera caviar y, para remediarlo, Rusia les propone flotar reactores nucleares por el mar como si fueran heladerías itinerantes.
La idea suena a ciencia ficción barata, pero ya tienen uno en marcha en la gélida Chukotka desde 2020, donde supuestamente funciona sin que nadie se haya convertido en mutante todavía. Ahora pretenden replicar el invento en el trópico, donde el calor, la sal y los huracanes prometen convertir cada central en una ruleta rusa con barra de uranio.
Treinta y ocho países africanos tienen salida al mar, lo que según los rusos los convierte en clientes ideales. Nueve ya han mostrado “gran interés”, y se habla de proyectos concretos con Egipto, Tanzania, Togo y Namibia. Nadie menciona qué pasa si una tormenta arrastra el reactor hacia la playa como un balón de playa radiactivo.
Detrás de la oferta se esconde el viejo juego de influencias: mientras Occidente pone cara de asco, Rusia llega con electricidad barata y sin preguntas incómodas. Al final, el continente podría terminar iluminado por focos nucleares flotantes que, con un poco de mala suerte, acabarán pareciéndose más a un capítulo de Los Simpson que a un plan energético serio.




