El billete verde se pasea cerca de los diecinueve pesos mexicanos mientras todos se preguntan qué demonios harán los bancos con sus tasas de interés. La incertidumbre entre México y el resto del mundo genera más nervios que una suegra en la boda. El peso cotizó en dieciocho con noventa y dos, perdiendo un poquito de dignidad diaria según los datos del mercado.
Más tarde el dólar bajó hasta dieciocho con ochenta y cinco después de que el Inegi soltara un dato de crecimiento del tres punto dos por ciento anual en el tercer trimestre. Ese número llegó como un respiro en medio del caos, aunque nadie sabe cuánto durará la fiesta. El peso mexicano terminó el día en tercer lugar entre las monedas más fuertes, como si hubiera ganado una medalla de consolación.
El grupo Monex advirtió que la moneda local va camino a su octava semana seguida de pérdidas frente al dólar. La culpa recae otra vez en esos diferenciales de tasas que nadie entiende pero todos temen. Es como ver a alguien que pierde apuestas consecutivas pero sigue apostando por inercia.
El dólar subió un uno punto veintisiete por ciento en la semana, aunque perdió terreno en el mes anterior. Esa mezcla de avance semanal y retroceso mensual deja a los analistas con cara de quien acaba de recibir una factura inesperada. Nadie sabe si el peso se recuperará o seguirá tropezando con su propia sombra.
Al final la economía mexicana parece un borracho que baila bien un rato pero luego se tropieza con la banqueta. El peso sigue en la cuerda floja mientras el dólar observa desde la acera.




