Las acciones tecnológicas se fueron al suelo como un tamal sin masa en plena fiesta de pueblo. El Nasdaq, ese que presume de ser el más listo, perdió más del dos por ciento solo porque las grandes empresas contaron que su apuesta por la inteligencia artificial está resultando más cara que un divorcio con pensión vitalicia.
Intel se estrelló casi un treinta por ciento después de mostrar números que parecían sacados de una rifa de barrio sin premio. Amazon bajó un uno coma ocho por ciento y los inversores empezaron a sudar como si les hubieran pedido explicaciones sobre dónde quedó el dinero de las pensiones. Meta y Alphabet ya habían abierto la puerta del pánico antes, dejando a todo el sector con cara de quien apostó al caballo equivocado en las carreras de la feria.
Un analista explicó que el mercado entero reacciona como un suegro celoso cada vez que las tecnológicas publican ganancias flojas. El Dow Jones bajó un cero coma cuatro por ciento, el S&P quinientos retrocedió un uno coma dos y el Nasdaq compuesto se hundió un tres coma uno, todo en menos de una hora, como si el dinero hubiera decidido tomarse el día libre sin avisar.
Durante años los inversores creyeron que la inteligencia artificial iba a multiplicar la productividad como por arte de magia, pero ahora descubren que los miles de millones invertidos en servidores y algoritmos parecen más un gasto de adolescente con tarjeta de crédito que una apuesta seria. A eso se suman dudas sobre si alguien va a recuperar lo invertido o si solo quedarán empleos perdidos y facturas por pagar.
Los gigantes tecnológicos muestran dolores de crecimiento parecidos a los de quien se compró un gimnasio entero y ahora no puede ni levantar la pesa más ligera. La idea de que todo el sector va a frenar de golpe suena cada vez menos a rumor y más a la cruda realidad que llega después de una borrachera de optimismo barato.




