Vladimir Putin ha decidido que la invasión a Ucrania necesita un prólogo medieval más largo que una telenovela mexicana. En vez de hablar de misiles o tropas, el mandatario ruso se lanza a contar batallas de príncipes eslavos del siglo trece como si estuviera narrando el último capítulo de una serie que nadie pidió.
Durante una reunión de paz que debía durar media hora con Finlandia y Noruega, Putin extendió el monólogo hasta noventa minutos solo para explicar quién ganó qué en el año mil doscientos algo. El primer ministro noruego intentó interrumpir, pero era como tratar de frenar a un abuelo cuando ya sacó las fotos antiguas.
El mismo truco lo repitió con Tucker Carlson, a quien le prometió un contexto breve de sesenta segundos y terminó soltando veinte minutos de Rúrik, Vladimires y cosacos. Carlson, visiblemente perdido, tuvo que pedirle que aclarara en qué siglo estaban, como quien pregunta la hora en medio de una película sin subtítulos.
En las escuelas rusas ya obligan a leer el ensayo de Putin sobre la unidad histórica con Ucrania antes de cualquier examen. Los alumnos aprenden que todo conflicto actual se resuelve recordando batallas del mil doscientos, igual que en algunas familias se resuelven discusiones sacando el álbum de fotos de la boda de los abuelos.
Hasta Medinski, el encargado de los libros de texto, asegura que los rusos tienen un cromosoma extra que les da resistencia. Los científicos responden que eso suena más a síndrome que a superpoder, pero en el Kremlin lo toman como dato oficial y lo imprimen sin rubor.
Al final, la guerra se vende como continuación de una película antigua que solo Putin quiere volver a ver. El resto del mundo, mientras tanto, solo pide que alguien le quite el control remoto al narrador antes de que empiece otra vez con los pechenegos.




