El embajador yanqui en México salió a presumir que la coordinación con el gobierno de Trump ha dejado la frontera como un cementerio de buenas intenciones. Según él, ya casi no pasa nadie, ni droga, ni armas, ni gente con ganas de cruzar, como si hubieran puesto un candado invisible que solo funciona cuando hay cámaras.
La patrulla fronteriza, dice, bajó las detenciones en un 95 por ciento, lo que en números de la vida real significa que ahora hay menos cruces que visitas de la suegra en plena temporada de huracanes. También celebró que ya no liberan migrantes en las ciudades, una política que lleva 17 meses seguidos sin fallar, algo así como prometerle a tu pareja que esta vez sí vas a dejar el fútbol y cumplirlo.
En materia de salud, presume que cortaron el paso de precursores químicos y bajaron un 40 por ciento las muertes por sobredosis, salvando más de 40 mil vidas. En México, por su parte, decomisaron más de 500 toneladas de droga, incluyendo pastillas de fentanilo suficientes para anestesiar a todo un estadio de fútbol durante tres días seguidos. En el mar incautaron 90 toneladas de cocaína, casi como si los cárteles hubieran decidido mandar la mercancía por Uber y se les hubiera perdido el paquete.
Del lado de las armas, Estados Unidos decomisó más de 50 mil rifles y millones de cartuchos que iban rumbo a México, mientras arrestaban a más de 10 mil personas vinculadas a las redes. México, por su parte, extraditó casi un centenar de criminales, incluidos algunos que estaban en la lista de los más buscados por el FBI, como si les hubieran puesto un Uber Eats de extradiciones.
Al final, el embajador cerró diciendo que todo esto hace más segura la frontera y ayuda al comercio. Lo que no dijo es que, con tantos números redondos y éxitos perfectos, parece que están contando los logros con la misma precisión con la que un político promete que esta vez sí va a bajar la corrupción.




