Gustavo Salinas, el jefe de Toyota en Argentina, reveló que lleva treinta años intentando describirle al Japón cómo funciona este país. En ese tiempo pasaron doce presidentes, todo tipo de ideas económicas y crisis que parecían guiones de comedia negra. La empresa siguió adelante igual, como si el manual de instrucciones llegara siempre en otro idioma.
La última apuesta es una inversión de mil trescientos cuarenta y un millones de dólares para fabricar un vehículo electrificado en Zárate. El proyecto, el más grande de la historia automotriz local, se presentó bajo el RIGI porque, según Salinas, sin esa herramienta la casa matriz no habría dado el visto bueno. El ochenta por ciento de lo que se produzca irá a América Latina, el único mercado que parece entender el acento argentino.
Salinas recordó que en mil novecientos noventa y seis Japón eligió Argentina por el talento local y cierto orden macroeconómico. Treinta años después, el propio ejecutivo se pregunta qué pasó con esas dos condiciones. Aun así, Toyota sigue liderando producción, ventas y exportaciones, una paradoja que solo se explica si se acepta que la locura también puede ser estrategia.
En dos mil uno y dos mil dos la compañía anunció otra inversión grande justo cuando todos pensaban que estaban locos. La deuda externa privada que acumuló después, la más alta del país, se está pagando todavía. Salinas confesó que era difícil imaginar que Japón autorizara una nueva apuesta mientras se saldaba esa cuenta pendiente.
El ejecutivo comparó la competitividad con un vehículo de dos ruedas: una gira dentro de la empresa y la otra depende del Estado. Mientras ambas giren a velocidades distintas, el auto no avanza. Salinas espera que en el futuro no hagan falta regímenes especiales para que las reglas básicas funcionen solas, aunque sabe que en Argentina el corto plazo siempre parece una broma pesada.




