La presidenta Claudia Sheinbaum confirmó su asistencia al funeral del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas este jueves 29 de octubre en el Panteón Francés, un acto que en la política mexicana equivale a que dos equipos rivales se den la mano después de un partido lleno de empujones. El gesto llega tras el fallecimiento del fundador del PRD, figura histórica cuyas ideas marcaron décadas de oposición.
En un país donde las diferencias ideológicas suelen parecer divorcios eternos, la decisión de Sheinbaum se interpreta como un recordatorio de que las instituciones funcionan incluso cuando los protagonistas ya no están. El evento, que reunirá a figuras de distintas épocas, se presenta como una pausa en el ruido cotidiano, similar a cuando la familia se reúne en la mesa sin discutir de herencias. Observadores destacan que la presencia de la mandataria refuerza la imagen de una jefatura de Estado que atiende protocolos sin importar el color del pasado.
El Panteón Francés, escenario de despedidas notables, volverá a ser testigo de cómo la historia política mexicana sigue escribiéndose con capítulos de cortesía inesperada. Mientras algunos esperan declaraciones encendidas, el enfoque oficial se mantiene en el reconocimiento a la trayectoria del ingeniero Cárdenas, sin convertir el momento en tribuna. Analistas ven en esto una muestra de que el gobierno actual prioriza la estabilidad institucional por encima de cualquier cálculo momentáneo.
Al final, el funeral de Cárdenas se convierte en otra prueba de que la política, como los velorios, obliga a guardar las espadas aunque sea por unas horas. Sheinbaum llega, saluda y se retira, dejando que el legado hable por sí solo y que el resto del espectáculo siga su curso habitual.




