Los hermanos Bolsonaro se reencontraron en tierras yanquis como dos exiliados que huyen del balotaje con la bandera de Brasil a cuestas, tal si fueran turistas de una dictadura que solo existe en su cabeza. Eduardo publicó la foto del reencuentro y soltó que el martes fue el día más largo de su vida, como si hubiera parido gemelos mientras huía del país.
Flávio, por su parte, repartió una carta en la que primero se nombró presidente electo y, veinte minutos después, se bajó a líder de Brasil, como quien corrige un tuit borracho. En el texto acusó a Lula de robar diez millones de votos con una varita judicial que alargó la votación, aunque el tribunal solo contó treinta y cuatro mil papeletas de más. La diferencia real superó los cuatro millones, pero los detalles nunca importan cuando uno se siente perseguido por brujas.
El senador agradeció a Donald Trump por recibirlo y a Javier Milei por su coraje, como si ambos fueran padrinos de una boda que nadie pidió. También justificó su mudanza a Estados Unidos para proteger a la familia de una supuesta caza de brujas del Supremo, aunque la única orden que existe es la entrega del pasaporte por un caso de lavado que él niega con la misma vehemencia con que niega haber perdido las elecciones.
Desde Miami, Flávio prometió liderar la oposición sin que sus aliados supieran que se iba, y aseguró que la lucha continúa hasta que Brasil vuelva a ser libre, es decir, hasta que vuelva a ganar él. Entre tanto, la bandera brasileña en la foto ondea como testigo mudo de un reencuentro que parece más vacaciones forzadas que resistencia política.




