El gobierno de Andy Burnham decidió soltar diez mil millones de libras para que Ucrania compre misiles y mantenga abiertos los hospitales, como quien deja propina en un bar para que el camarero no le escupa en la cerveza. La noticia llegó en una videollamada donde Zelenski escuchaba con cara de quien gana la lotería mientras le explican que el dinero es real y no un meme.
La mayor parte de la pasta, siete mil millones, servirá para pagar nóminas y mantener la economía ucraniana sin que se convierta en un país de trueque con patatas. Otros tres mil millones irán a financiar exportaciones británicas de tanques y material de reconstrucción, porque nada dice “amistad” como enviar cañones envueltos en papel de regalo.
Burnham presumió de que cumpliría su palabra y que estarían “hombro con hombro” con los ucranianos, frase que suena bien hasta que te das cuenta de que el hombro británico suele estar más cerca de la mesa de negociaciones que de las trincheras. El canciller Healey, por su parte, mandó un recado directo a Putin: el apoyo británico no se mueve ni aunque le ofrezcan un té con galletas.
Zelenski agradeció el gesto y aseguró que el dinero llega justo cuando más falta hace, antes de que el invierno convierta las ciudades en neveras. Moscú respondió con su receta habitual: vetar la entrada a siete directivos británicos de empresas de drones y componentes aeroespaciales, como si prohibirles pisar Rusia fuera un castigo y no unas vacaciones pagadas.
Con este nuevo paquete, el total comprometido por Londres ya roza los treinta y cinco mil millones de libras. Putin, mientras tanto, sigue contando sanciones como quien colecciona cromos repetidos y se pregunta por qué nadie le invita a la fiesta.




