Rafael Oliveira apenas lleva unas semanas como jefe de Heineken y ya le cayó encima un trimestre que parece sacado de un sueño borracho. Los volúmenes de la cervecera neerlandesa subieron más de lo previsto gracias a la sed asiática y a un repunte en América. Los inversores celebraron el dato con subidas de hasta el dos por ciento en Ámsterdam.
Los volúmenes orgánicos crecieron un 4,8 por ciento, por encima de lo que calculaban los analistas. Los volúmenes consolidados, que incluyen las filiales, avanzaron un 3,9 por ciento. El impulso llegó sobre todo de las marcas premium y de Vietnam, donde la gente decidió pasarse a productos de más calidad en lugar de seguir bebiendo lo mismo de siempre.
Oliveira, primer directivo ajeno a la familia que controla la empresa, admitió que los cimientos están sólidos pero que falta convertirlos en crecimiento constante. Dijo que todavía queda mucho por hacer para mejorar la ejecución, acelerar el ritmo y crear una cultura de mayor responsabilidad. El hombre viene de dirigir una cafetera y ahora tiene que lidiar con barriles.
La compañía sigue rezagada frente a sus rivales Anheuser-Busch InBev y Carlsberg en la recuperación tras la pandemia. Ha tenido que apoyarse en mercados emergentes como India y Nigeria para compensar las ventas flojas en Estados Unidos y Europa, donde la gente está bebiendo menos alcohol.
Al mismo tiempo que anuncia crecimiento, Heineken mantiene su plan de recortar entre cinco mil y seis mil puestos de trabajo, el siete por ciento de su plantilla mundial. La previsión de beneficio operativo se mantiene intacta, con un crecimiento de hasta el seis por ciento para el año completo. Al final, parece que la fiesta la pagan algunos mientras otros brindan con botellas premium.




