Entre árboles y alambres de púas, como un amante infiel escondido de la suegra, funciona la base militar de Taura desde donde los gringos dirigen su guerra contra las drogas en el Pacífico. A una hora de Guayaquil, el puerto favorito de los narcos, este aeródromo de setenta años recibe aviones Hércules, Globemaster y hasta helicópteros Black Hawk que entran y salen como taxis en hora pico.
Los ecuatorianos votaron hace menos de un año contra bases extranjeras, pero parece que el voto se quedó en el papel mientras las obras crecen junto a la pista. La agencia AFP contó unos veinte vuelos militares estadounidenses entre junio y octubre, y hasta consiguió documentos que confirman la presencia de tropas. El entonces comandante de la Fuerza Aérea, Mauricio Salazar, pidió explicaciones sobre la legalidad de todo esto y terminó degradado como si hubiera pedido aumento de sueldo en plena crisis.
Ayer mismo, el ejército de Estados Unidos anunció un ataque contra una narcolancha en el Pacífico oriental donde murieron cinco personas. Mientras tanto, en Taura siguen llegando aviones y helicópteros como si la Constitución fuera solo un adorno de escritorio.




