Jair Bolsonaro abandonó Brasil por una puerta trasera del Palacio da Alvorada, subió a un avión militar y aterrizó en Orlando con dos días de mandato por delante, sin avisar a nadie, como el vecino que se muda a medianoche para no pagar la última cuota del asado.
Casi cuatro años después, su hijo mayor repitió la jugada con menos glamour y más olor a clandestinidad. Flávio Bolsonaro cruzó a Argentina, tomó un jet privado en Puerto Iguazú y desapareció rumbo a Estados Unidos justo después de perder el balotaje contra Lula da Silva, con pasaporte cancelado y orden expresa de no salir del país.
El senador aseguró que la Policía Federal lo interceptó en la calle al salir de la casa de su padre. Según él, el juez Alexandre de Moraes tomó la decisión por unas declaraciones de su hermano Eduardo en un podcast yanqui. Eduardo, por cierto, ya vive en Florida con orden de detención pendiente y parece haber descubierto que la mejor forma de hacer oposición es desde la pileta de un country.
La huida del padre se había cocinado con semanas de antelación. Bolsonaro llegó a Orlando, se instaló en la casa de José Aldo en Kissimmee y firmó autógrafos como si fuera un cantante de axé en decadencia. Una semana después, miles de seguidores tomaron el Congreso, el Planalto y el Supremo mientras él se hacía ver en el hospital por dolores abdominales que atribuyó a la puñalada de 2018, aunque muchos sospecharon que era indigestión de churrasco y culpa.
Volvió a Brasil en marzo de 2023, fue declarado inelegible, condenado por intento de golpe de Estado y terminó cumpliendo prisión domiciliaria. Flávio lo visitó el lunes. Horas después, la Policía Federal le notificó que tampoco podía irse. El senador cruzó igual, como quien salta la tranquera del rancho ajeno porque “total, el perro ya está dormido”.
Ahora el mandato de Flávio vence en 2027, pero su pasaporte parece tener más sellos de contrabando que de turismo. Padre e hijo comparten el mismo manual de supervivencia: cuando las cosas se ponen feas en Brasilia, hay que buscar la salida lateral más cercana, aunque sea por Puerto Iguazú y con el Supremo mirándote desde el retrovisor.




