Los estadounidenses se preparan para unas elecciones que parecen un circo con payasos en el poder

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En noviembre, cerca de doscientos cincuenta millones de votantes serán convocados a decidir quién controla el Congreso, como si fuera una rifa familiar donde todos terminan peleando por el último pedazo de pastel. Estos comicios, que llegan dos años después de las presidenciales, funcionan como un examen sorpresa al inquilino de la Casa Blanca, y casi nunca sale bien librado.

Los escaños de la Cámara de Representantes se renuevan completos cada dos años, así que los cuatrocientos treinta y cinco puestos volverán a sortearse como sillas en una partida de sillas musicales. Los republicanos llegaron con una ventaja de cinco asientos, pero los demócratas solo necesitan robar unos cuantos distritos para quedarse con la llave de la cámara baja. En el pasado reciente ya vieron cómo Trump perdió cuarenta y uno en sus intermedias y Biden dejó escapar nueve.

En el Senado, donde los mandatos duran seis años, solo se renueva un tercio. De los cien asientos, treinta y cinco están en juego. El equipo de Trump presume cincuenta y tres, pero los demócratas sueñan con rascar los cuatro necesarios para dar la vuelta al marcador. Los nuevos legisladores empezarán a cobrar sueldo el tres de enero, como quien ficha en un equipo nuevo sin haber entrenado.

También se eligen treinta y seis gobernadores y se votan ciento cuarenta y cinco referendos sobre temas que van desde el aborto hasta rebajar impuestos, todo mezclado como una paella donde nadie sabe qué ingrediente va a explotar primero.

Las encuestas del Siena College para el New York Times dan once puntos de ventaja a los demócratas entre los ya inscritos. Solo el veintiuno por ciento de la gente considera que la economía está bien o excelente, mientras que más de la mitad la califica de mediocre, como un guiso recalentado tres días seguidos. Apenas el treinta y siete por ciento aprueba la gestión de Trump, frente a más del sesenta por ciento que lo ve como un vecino ruidoso que no deja dormir.

A una semana de la votación, las apuestas dan un setenta y nueve por ciento de probabilidades a los demócratas para recuperar la Cámara y un cincuenta y siete por ciento para el Senado. El dinero corre como agua sucia: se gastarán once mil seiscientos millones de dólares en publicidad, una cifra que supera con creces las campañas anteriores y que deja claro que aquí quien más grita más vende.

Al final, todo se reduce a ver cómo dos bandos se tiran con billetes mientras el público decide si aplaude o cambia de canal.

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