Francia se arma hasta los dientes contra nuevos disturbios callejeros

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Las autoridades galas han montado un operativo digno de una película de vaqueros para evitar que el fin de semana vuelva a parecer el rodaje de una secuela de los chalecos amarillos. Setenta mil agentes patrullando las calles, como si París fuera el patio de recreo de un colegio lleno de adolescentes enfadados con el menú del comedor.

El ministro del Interior, Laurent Núñez, lo dejó claro sin rodeos: el sábado pasado hubo detenciones a mansalva, pero el próximo 31 de octubre espera que la cosa se ponga aún más interesante. Bandas de extrema derecha y extrema izquierda se han apuntado a la fiesta como si fuera un combate de lucha libre sin reglas, todo por defender comercios que ya están más cerrados que el grifo de un bar después de la hora de cierre.

Macron, con la cuenta atrás de su mandato pitando como olla exprés, visita Marsella sin avisar, como quien va a la frutería a ver si queda algo que no esté quemado. Mientras tanto, los comerciantes cuentan pérdidas del ochenta por ciento y se preguntan si el Estado es más firme que el suelo de una discoteca a las cinco de la mañana.

El gobierno insiste en que hay que volver a la calma antes de negociar, como si uno pudiera discutir el precio de la gasolina con un cóctel molotov volando por encima de la mesa. Los estudiantes, los sindicatos y los chalecos amarillos siguen sumando gente, porque cuando el coste de la vida sube más rápido que la temperatura en agosto, hasta el más pacífico acaba buscando dónde quemar el cabreo.

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