A sus 80 años el presidente brasileño demostró que la experiencia vale más que un gimnasio lleno de jóvenes con músculos de goma. Revirtió la ventaja de Flávio Bolsonaro como quien encuentra un billete de lotería debajo del colchón y decidió gastarlo todo en una sola noche de farra electoral.
La estrategia incluyó un ejército de WhatsApp que reunió a más de diez millones de personas, algo así como un grupo de tíos borrachos que en vez de mandar memes de fútbol mandaban instrucciones para ir a votar. Mientras tanto, la abstención bajó y los votos en blanco se escondieron como quien evita pagar la cuenta en un bar.
En Minas Gerais el cambio fue épico: Lula pasó de perder por casi seiscientos mil votos a ganar por noventa mil, una voltereta comparable a convencer a tu suegra de que el asado está en su punto justo. Flávio conservó São Paulo y Río de Janeiro, pero perdió las capitales, lo que demuestra que las grandes ciudades prefieren el viejo lobo antes que al cachorro con ínfulas.
Ahora Lula tendrá que negociar con un Congreso dominado por la derecha, algo parecido a pedirle a un grupo de parroquianos del bar que acepten pagar la ronda sin discutir. Entre la deuda pública, el costo de vida y la promesa de bajar la edad penal a dieciséis años, el cuarto mandato promete ser tan tranquilo como una reunión familiar después de tres copas de más.




