Lula da Silva levantó la copa electoral como si hubiera ganado la lotería sin pagar el billete y soltó un discurso que parecía guión de comedia política barata. Según él, estas elecciones fueron la derrota del negacionismo, aunque muchos sospechan que el verdadero perdedor fue el sentido común después de tanto disparate en redes.
El reelegido presidente se quejó de que jamás imaginó que un rival pudiera mentir tanto, algo así como descubrir que tu suegro exagera sus hazañas de juventud. Convenció a la gente de que votar servía para salvar la democracia, como si fueran bomberos apagando un incendio con mangueras de agua bendita.
Brasil no aceptará ser patio de nadie, sentenció Lula, en un intento por sonar soberano mientras recordaba que tampoco quiere ser el perro faldero de potencias extranjeras. La victoria, añadió, también derrotó intervenciones digitales que deberían regularse como si fueran puestos de churros sin permiso.
El Tribunal Superior Electoral lo declaró ganador con más del cincuenta por ciento de los votos, confirmando que el país sigue partido por la mitad como un pan de molde mal cortado. A sus ochenta y un años, Lula gobernará hasta dos mil treinta, lo que significa que los brasileños tendrán tiempo de sobra para decidir si esto fue un regreso triunfal o solo otro capítulo de la serie interminable de la política local.




