Pekín se puso como el que descubre que su vecino le ha estado husmeando en el garaje y ahora amenaza con devolverle el favor a lo grande. El Ministerio de Comercio chino soltó que las nuevas reglas de Washington sobre biotecnología, ordenadores supersónicos y sistemas hipersónicos son un intento de discriminar a las empresas chinas como si fueran las únicas que juegan con fuego militar-civil.
El Departamento del Tesoro yanqui defiende que solo quiere evitar que el dinero americano acabe financiando juguetes de doble uso en manos de rivales. Pekín responde que eso es como prohibir que un español invite a un extranjero a una paella porque “podría usarse para alimentar a un ejército”. La propuesta, que aún está en fase de borrador, ya ha puesto a ambos gobiernos en modo telenovela de sábado por la tarde.
Las autoridades chinas advierten que se guardan el derecho de responder con “contramedidas”, aunque no han dicho si consistirán en aranceles, bloqueos de exportaciones o simplemente dejar de comprar bonos del Tesoro como quien deja de pagar la luz para que el otro se dé cuenta. Mientras tanto, los presidentes de los dos países siguen fingiendo que todo va bien cada vez que se ven, como dos suegros que se saludan en una boda pero se tiran pullas por WhatsApp.
Al final, la pelea sigue siendo la misma de siempre: quién controla las tecnologías que pueden servir tanto para curar el cáncer como para fabricar misiles más listos que un político en campaña. Por ahora solo hay propuestas y amenazas veladas, pero el ambiente ya huele a que alguien acabará tirando la mesa.




