Las fuerzas del orden francesas empezaron el sábado a regar manifestantes con gases lacrimógenos como si fumigaran cucarachas en un piso de alquiler barato. Los chalecos amarillos, estudiantes y sindicatos salieron otra vez a la calle una semana después de los disturbios que dejaron a todo el país con los ojos rojos y el orgullo por los suelos.
El gobierno de Emmanuel Macron, que parece un presidente de opereta en vez de líder de una república, ordenó un despliegue digno de película de acción barata: setenta mil agentes, unidades de élite, soldados de la misión Sentinelle y hasta blindados que parecen salidos de un desfile militar del siglo pasado. El ministro del Interior prometió ser “intransigente”, frase que en boca de un político suena tan creíble como un anuncio de adelgazar comiendo donuts.
Las autoridades culpan de todo a “grupúsculos de ultraizquierda” y a jóvenes de los suburbios que, según ellos, solo querían llevarse un televisor gratis. Para evitar más líos decretaron toques de queda nocturnos y prohibieron protestas que no vengan firmadas por sindicatos “legítimos”, es decir, los que no molesten demasiado al poder.
Mientras tanto, en Lyon la policía disparó granadas contra ciento cincuenta personas que intentaban bloquear el tráfico como si jugaran al rugby con coches. Los comerciantes, aterrorizados, cerraron sus tiendas con tablones de madera y algunos hasta se armaron con bates de béisbol, recordando que la semana anterior casi tres mil comercios sufrieron las consecuencias de la fiesta.
Los museos del Louvre, Orsay y Picasso, junto con la Ópera de París, decidieron cerrar por precaución, dejando a los turistas sin saber si ver cuadros o correr para no inhalar más gas que en una barbacoa mal ventilada. Los chalecos amarillos, por su parte, ya anunciaron nueva sentada frente al Parlamento para el próximo sábado, porque nada dice “libertad” como protestar mientras te persiguen helicópteros y drones como si fueras el villano de una serie de Netflix.
En resumen, Francia huele a gas lacrimógeno, a sudor de policía y a un gobierno que cada vez parece más un numerito de circo que una democracia adulta.




