En un giro de guion más predecible que el final de una telenovela, el expresidente y actual candidato a todo, Donald Trump, se sacó de la manga que está mediando en la guerra de Ucrania. Con el misterio de un mago de feria, aseguró que «están ocurriendo muchas cosas», una frase que podría significar desde un acuerdo de paz inminente hasta que encontró un calcetín perdido detrás de la secadora de la Casa Blanca. Todo esto después de que, al parecer, le diera un toque a su amigo multimillonario, Elon Musk, para que le subiera los megas al internet de las tropas ucranianas.
La diplomacia moderna, amigos, se parece cada vez más a llamar al servicio técnico. Según el chismorreo, Trump le habría pedido a Musk que dejara de limitar la velocidad de Starshield, básicamente pidiéndole que le quitara el «uso justo» al ejército ucraniano para que pudieran ver videos de gatitos en alta definición mientras planean contraataques. Cuando la prensa le preguntó si él había hecho la llamada, Trump se hizo el misterioso como adolescente con novio secreto: «No quiero comentar eso, si llamé yo o si llamó alguien más, no hace ninguna diferencia». Claro, es lo mismo que el plomero arregle la fuga o que se arregle sola por arte de magia. El punto es que ya no gotea.
Mientras tanto, en el otro lado del cuadrilátero, los protagonistas de este drama no se ponen de acuerdo ni para pedir una pizza. Zelensky, presidente de Ucrania, insiste en que no cederá ni un centímetro de su territorio, argumentando que si les da a los rusos el pasillo, al rato van a querer la sala y terminarán usando su cepillo de dientes. «Si nos retiramos, ¿dónde quedan las garantías?», se preguntó, sonando como cualquier persona a la que le han prometido pagarle «la próxima semana» durante seis meses seguidos. Su lógica es simple: darles un dedo es arriesgarse a que te agarren el brazo y te lo usen para saludarse a sí mismos.
Por su parte, Putin, desde el Kremlin, sacó su discurso de «te calmas o te calmo». Afirmó que está dispuesto a «llegar a un acuerdo» y que se pueden poner de acuerdo «en todo», pero si los ucranianos quieren seguir peleando, pues que peleen. Es como ofrecer un abrazo con una mano mientras con la otra sostienes un ladrillo, por si acaso. Además, se quejó de que Ucrania espere que todo el mundo le pague la fiesta, preguntándose por qué todos deberían «suministrarles armamentos, munición y demás». Una pregunta válida que probablemente se hacen muchos maridos cuando llega el estado de cuenta de la tarjeta de crédito.
Así las cosas, mientras Trump planea una cumbre con Putin y Xi Jinping (dejando a Zelensky fuera de la invitación, como al primo incómodo en la cena de Navidad), el mundo observa este circo de tres pistas con una bolsa de palomitas. Entre llamadas a multimillonarios, amenazas veladas y promesas más vacías que una cartera en fin de quincena, la única certeza es que esta historia es más entretenida y absurda que cualquier serie de televisión. Solo falta que anuncien que el acuerdo de paz se decidirá en un torneo de piedra, papel o tijera.




