Parece que la izquierda brasileña estaba más ocupada discutiendo si la piña va en la pizza que en revisar las encuestas, porque el susto que se llevaron en la primera vuelta electoral fue de campeonato. Cuando vieron que Flávio Bolsonaro, el heredero del trono del caos, les sacaba una ventaja de más de dos millones de votos, entraron en un pánico colectivo digno de una telenovela de las nueve. De repente, soltaron sus cafés artesanales, apagaron sus series y descubrieron una cosa llamada «activismo digital», desatando una movilización en línea que no se veía desde que se cayó WhatsApp a nivel mundial.
El trauma de tener a un Bolsonaro en el poder otra vez, cuyo apellido es sinónimo de «mala gestión» como el lunes lo es de «querer seguir durmiendo», fue el combustible necesario. Recordaron con sudores fríos la presidencia de papi Jair, con su brillante estrategia pandémica de «sálvese quien pueda», su amor por las motosierras en el Amazonas y su berrinche post-electoral que casi termina en un autogolpe de estado. Con ese fantasma rondando, la zurdera se puso las pilas y se lanzó a las redes sociales como si regalaran wifi gratis y cerveza.
El resultado ha sido una paliza digital. Según los que cuentan estas cosas, Lula pasó de un discreto empate en interacciones a aplastar a Bolsonaro como si fuera una cucaracha en la cocina. El actual presidente ahora genera más revuelo en redes que el estreno de una nueva temporada de la serie de moda, mientras que Bolsonaro recibe menos atención que el brócoli en una fiesta infantil. Un analista, probablemente conteniendo la risa, declaró que la izquierda podría haber iniciado «su proceso de transformación digital». En otras palabras, por fin descubrieron cómo usar el botón de «compartir».
Esta guerra de pulgares ha dado lugar a fenómenos tan absurdos como «el ejército de Lula», un canal de WhatsApp donde un legislador da órdenes a sus ocho millones de «soldados de sofá» para que inunden la red con propaganda. Como era de esperar, la derecha respondió con su propia versión, «el escuadrón de Flávio», una especie de club de fans con dos millones de miembros listos para defender a su líder con memes y cadenas de oración. La batalla por Brasil se libra ahora con emoticonos, videos virales y tías reenviando noticias de dudosa procedencia.
Lo más surrealista es ver a profesionales serios sumándose a la locura. Un ingeniero en inteligencia artificial ahora dedica cuatro horas diarias a ser un guerrero del teclado, y una doctora en antropología se creó un perfil falso en Kwai, haciéndose pasar por un padre futbolero para difundir contenido anti-Bolsonaro. Al final del día, queda por ver si tanto alboroto digital se convierte en votos reales o si solo sirvió para que millones de pulgares necesitaran una visita al fisioterapeuta. El destino de la nación más grande de Sudamérica pende de un hilo, o mejor dicho, de la calidad de los memes.




