¡Albricias y serpentinas! Después de más intentos que un adolescente pidiendo permiso para ir a una fiesta, Japón finalmente logró que su inflación superara el objetivo del 2%. El índice de precios al consumidor alcanzó un glorioso 2,1%, una cifra que tiene a los economistas del Banco de Japón tan emocionados como a un contador en temporada de impuestos. Es el tipo de victoria que se celebra abriendo una botella de champán… y luego llorando al ver cuánto subió de precio desde el mes pasado.
Los culpables de este desfalco al bolsillo son los sospechosos habituales: los precios de los hoteles, el agua y, cómo no, la comida. Básicamente, ahora dormir fuera de casa, ducharse y comer son considerados deportes extremos para tu cartera. Lo único que da un respiro es una rebaja en los impuestos a la gasolina, un pequeño parche en una llanta que ya tiene más agujeros que un colador. Mientras tanto, el índice que excluye alimentos y energía, el favorito de los banqueros, se disparó a un 2,4%, como para dejar claro que el problema no se va a ir de vacaciones.
En medio de este caos financiero, ocurre el giro más absurdo de la trama: el precio del arroz se desplomó un 20,6%, su mayor caída desde 1971. Justo hace un año, el arroz era el villano principal de la inflación, y ahora es prácticamente un regalo. Es como si, en medio de un incendio, de repente empezara a llover cerveza gratis. Nadie entiende nada, pero al menos la guarnición del plato principal saldrá barata.
Por supuesto, las empresas no se han quedado de brazos cruzados viendo cómo tus ahorros crecen. Más de 3,153 productos de alimentos y bebidas subieron de precio este mes, porque la solidaridad es para los anuncios de Navidad. Compañías como Uniqlo y el ferrocarril Central Japan Railway se unieron a la fiesta de subir los precios, asegurándose de que ni vestirte ni moverte por el país sea una actividad para los débiles de bolsillo.
Ante este panorama, el Banco de Japón ya está afilando las tijeras para subir las tasas de interés en diciembre, según el pronóstico del 80% de los economistas que, al parecer, tienen una bola de cristal. El gobierno, por su parte, intenta calmar a las masas con un plan maestro: reducir temporalmente el impuesto a las ventas de alimentos. Es el equivalente a intentar apagar un incendio forestal con una pistola de agua.
Así que ahí lo tienen: Japón alcanzó su meta económica, un logro digno de un brindis. El único problema es que, a este paso, los ciudadanos tendrán que celebrar ese logro comiendo montañas de arroz barato, porque será lo único para lo que les alcance después de pagar el alquiler y el tren para ir a trabajar. ¡Felicidades




