En un giro de los acontecimientos que demuestra que el sentido común es el menos común de los sentidos, un tribunal brasileño tuvo que darle un jalón de orejas al gobierno federal para recordarle algo básico: si quieres que la gente vote, quizás deberías ayudarla a llegar a la casilla. ¡Qué concepto tan revolucionario! Resulta que el plan maestro del gobierno consistía en llevar las urnas electrónicas a lo más profundo de la selva, un esfuerzo logístico admirable, pero se les olvidó el pequeño detalle de cómo los votantes indígenas llegarían hasta ellas. Es como poner un cajero automático en la cima del Everest y esperar que la gente suba a sacar dinero para el pan.
Según el fallo, que tuvo que explicar con peras y manzanas lo obvio, «la distancia geográfica, combinada con la falta de transporte» puede convertir el derecho al voto en una fantasía. Los fiscales, que al parecer son los únicos que usan la cabeza, tuvieron que pedir transporte gratuito por río, tierra o aire, comida y hasta intérpretes. Y es que el viaje para votar no es un paseíto al súper de la esquina: algunas comunidades están a más de 895 kilómetros de sus centros de votación, lo que implica una odisea de hasta cinco días en barco, probablemente esquivando pirañas y negociando peajes con los monos. Para rematar, algunos alcaldes oportunistas negaban el transporte por motivos políticos y ciertos ganaderos, actuando como villanos de telenovela, no dejaban salir a sus trabajadores indígenas para que ejercieran su derecho.
Mientras tanto, en el circo principal, los candidatos se sacan los ojos por el poder, ajenos a que una parte de sus votantes potenciales está librando una batalla épica digna de una película de aventuras solo para poder marcar una boleta. La Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil (Apib) tuvo que rogarle a la justicia que interviniera, porque al parecer el tribunal electoral local les dijo básicamente «buena suerte con eso» cuando una asociación indígena pidió ayuda. La propia agencia de asuntos indígenas del gobierno se lavó las manos como Poncio Pilato, diciendo que eso le tocaba a las autoridades electorales. Una joya de coordinación.
La frase que resume esta obra maestra del absurdo la dijo la Apib: «El Estado lleva la urna a la selva, pero no lleva al votante hasta la urna». ¡Pura genialidad burocrática! Lo más irónico es que estas comunidades indígenas, a las que les ponen una carrera de obstáculos para votar, son las que mejor han conservado la Amazonía. Mientras las tierras privadas han perdido el 20% de su vegetación, los territorios indígenas solo han perdido el 1%. A este paso, para las próximas elecciones, van a tener que mandar su voto con una anaconda mensajera.




