Mientras tú sigues rogándole a tu jefe que te deje trabajar desde casa para no aguantar el tráfico o su cara de pocos amigos, en Arabia Saudita han encontrado un método de convencimiento infalible: una lluvia de fuegos artificiales no solicitados sobre la infraestructura petrolera. La gente de Saudi Aramco, la gasolinera más grande del planeta, ha recibido la orden de evacuar su lujosa sede y ponerse a teclear hojas de cálculo desde la comodidad de sus búnkeres personales, demostrando que el teletrabajo es posible si la motivación es la correcta, como por ejemplo, no volar en pedazos.
La decisión de mandar a todo el mundo a sus casas con sus portátiles se tomó justo un día después de que el aeropuerto cercano se convirtiera en el plató de una película de acción de bajo presupuesto, con un saldo de dos extras menos y ocho con heridas que ni el mejor maquillaje de Hollywood podría imitar. Al parecer, es la primera vez que la compañía entra en modo «sálvese quien pueda» desde que empezó la bronca con Irán, aunque oficialmente no han dicho por qué. Probablemente están «redecorando» la oficina con un estilo post-apocalíptico.
Los presuntos responsables de este innovador programa de «bienestar laboral» son los rebeldes hutíes del Yemen, quienes, cansados de mandar cartas de queja que nadie lee, han optado por un sistema de mensajería mucho más directo y explosivo. Según ellos, es su forma de responder a los «más de 2.900 bombardeos» que les han caído encima. Una especie de «te devuelvo el favor», pero con drones y una puntería cada vez más afinada hacia donde más duele: la cartera y el petróleo.
Mientras los empleados de Aramco descubren las alegrías de las videoconferencias en pijama, el precio del crudo, al enterarse del alboroto, se ha puesto más contento que un político con maletín nuevo. El barril de Brent se disparó como si le hubieran contado el mejor chiste del mundo, porque no hay nada que excite más a los mercados que el olor a pólvora en la principal región exportadora del globo. Los especuladores ya están haciendo palomitas, esperando a ver qué más explota.
Para rematar el cuadro, el mandamás de Aramco, seguramente desde una ubicación muy segura y con aire acondicionado, declaró que si todo se calmara, la demanda de petróleo se iría a las nubes. Una lógica aplastante: «Si dejaran de intentar volar nuestras refinerías, ¡imaginen la cantidad de petróleo que podríamos venderles para que se lo gasten en sus propias guerras!». El capitalismo en su máxima expresión: no importa quién dispare, mientras la caja registradora siga sonando.




