En un giro de acontecimientos más predecible que el final de una telenovela, el Departamento de Estado de Estados Unidos le ha dicho a su personal en Arabia Saudita que empaque sus tiliches y se largue a la velocidad de la luz. La razón oficial es el «deterioro de la seguridad», que en lenguaje de gente normal significa que los vecinos yemeníes se pusieron un poco intensos con los fuegos artificiales y ahora están apuntando a la casa de al lado.
La orden de evacuación, que inicialmente parecía ser solo para los «no esenciales» (es decir, los que no saben la contraseña del wifi), se convirtió en un «sálvese quien pueda» en toda regla. Según un chismoso diplomático, hasta el tipo que regaba las plantas en la embajada de Riad tuvo que salir corriendo. La paranoia es contagiosa, porque también les pidieron a las familias en los Emiratos Árabes, Jordania, Qatar y Bahréin que hicieran maletas, no vaya a ser que la fiesta de drones se expanda por todo el vecindario.
Tommy Pigott, un vocero con nombre de personaje de caricatura, confirmó el despapaye en redes sociales. Básicamente dijo: «Los hutíes se están pasando de la raya con sus bromitas y ya le andan pegando a los aeropuertos. La seguridad de nuestro personal es lo primero, y preferimos que no los usen para prácticas de tiro al blanco». Una declaración conmovedora que se traduce como: «No nos pagan lo suficiente para aguantar esto».
El epicentro del caos es el Aeropuerto Internacional Rey Khalid, que se ha convertido en el estacionamiento de aviones más caro y solitario del mundo. Desde que los hutíes le agarraron cariño como objetivo, el tráfico aéreo se redujo a la misma frecuencia con la que uno ve un político honesto. Aerolíneas como Lufthansa y Air France directamente cancelaron sus vuelos, diciendo: «Miren, nuestros aviones son para transportar gente, no para jugar a esquivar misiles».
Mientras tanto, la coalición liderada por Arabia Saudita anda jugando al «atrapa al dron» a diario. Informaron con orgullo que interceptaron un montón de estos juguetitos voladores, aunque a veces la puntería no es perfecta. En uno de esos «casi le atinamos», los restos de un misil cayeron sobre un yacimiento petrolífero de Aramco, enviando a dos personas a conocer a su creador y dejando a otras dos heridas. Una forma bastante extrema de enterarse de que lo que sube, tiene que bajar.
Al final del día, los diplomáticos estadounidenses están en un avión de regreso a casa, probablemente quejándose de que no pudieron comprar recuerditos. La situación en el Golfo sigue más tensa que cuerda de violín en concierto de heavy metal, demostrando una vez más que las disputas entre vecinos con demasiado dinero y armamento nunca terminan con una carnita asada para hacer las paces.




