¡Atención, diplomáticos y agregados culturales! Washington acaba de tocar la sirena del recreo y les ha dicho a todos sus empleados en la embajada de Arabia Saudita que agarren sus chivas, a sus familias y se larguen de ahí más rápido que un cobrador de Coppel. La orden fue tan sutil como una suegra opinando sobre tu casa: una evacuación masiva porque, al parecer, los vecinos yemeníes se han vuelto adictos a mandar paquetitos por aire sin número de rastreo, cortesía de sus amigos iraníes.
Según una garganta profunda, el memorando decía básicamente: «¡Sálvese quien pueda!», y el pánico se extendió como chisme en oficina, incluyendo a las familias del personal en Emiratos Árabes, Jordania, Catar y Baréin. Luego salió un vocero del Departamento de Estado, con una sonrisa más falsa que un billete de tres pesos, a «matizar» la situación. Dijo que la orden era solo para los «empleados no esenciales», lo que en lenguaje burocrático significa: «Si tu trabajo no es esquivar misiles, te vas a casa a ver Netflix». La excusa oficial es que los hutíes andan «cada vez más hostiles», como si antes mandaran drones llenos de chocolates y flores.
Para ponerle más sabor al caldo, Riad anunció con orgullo que había jugado al tiro al pichón con seis drones, uno de los cuales iba derechito a Medina, como si quisiera hacer una peregrinación explosiva. Lo que no contaron con tanta alegría es que, tras interceptar uno de esos moscardones metálicos sobre un yacimiento petrolífero, los pedazos cayeron y se llevaron a dos pobres diablos. El gobierno saudita, haciéndose el misterioso, no dijo de dónde venía el aparato, dejando que todos pensaran que fue un ovni con malas intenciones.
Y para que la telenovela no perdiera ritmo, del otro lado del golfo, en Irán, se escucharon unas explosiones misteriosas, como si alguien hubiera puesto a calentar palomitas en un microondas nuclear. Nadie sabe qué fue, pero en esa zona del mundo, cuando algo explota, nunca es por una fuga de gas. Todo esto es el postre de un pleito que empezó en febrero, cuando Estados Unidos e Irán se dieron de manotazos y terminaron afectando el paso por el estrecho de Ormuz, dejando al comercio mundial de petróleo más atascado que el periférico a las seis de la tarde. En fin, un día normal en el vecindario más tranquilo del planeta.




