Europa se pone más caliente que el palo de un churrero y todo el mundo lo busca en Google

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Parece que el Viejo Continente está pasando por una crisis de los cuarenta colectiva. De repente, todo el mundo se dio cuenta de que la billetera tiene más telarañas que la cartera de un jubilado y que el casero les sonríe con colmillos. ¿Y cómo lo sabemos? Porque hasta en Google la gente anda buscando “protestas en Europa” como si fuera la receta de la tortilla de patatas perfecta. El chismógrafo digital no miente: la cosa está que arde.

Los franceses, que llevan el arte de la protesta en la sangre como otros llevan el colesterol, son los campeones indiscutibles de este torneo de la indignación. Empezaron quejándose de que en los colegios había más alumnos que en un concierto de Bad Bunny y menos profes que ganas de trabajar un lunes. Ahora, la fiesta se ha descontrolado y ya hay estudiantes, agricultores y hasta los de los chalecos amarillos —que se ve que se aburrían en casa— quemando cosas con una alegría que asusta. Macron debe estar escondido bajo la cama, rechazando renuncias y pidiendo que le cambien la estrategia policial, que hasta ahora consistía en mirar para otro lado y rezar. Hasta el museo del Louvre tuvo que cerrar, porque ni la Mona Lisa se atrevía a asomar su sonrisita con tanto lío afuera.

En España, la mecha la encendió una abuela de 87 años a la que le subieron el alquiler un 275%. ¡Un 275%! A ese ritmo, para pagar el piso iba a tener que vender sus órganos en el mercado negro o hacerse *youtuber*. La juventud, que ve más factible vivir en Marte que en el centro de Madrid, se ha echado a la calle a montar campamentos, como si estuvieran en un festival de música pero sin música y con más precariedad. El gobierno de Pedro Sánchez intenta apagar el fuego con decretos de última hora, como quien echa un vaso de agua a un incendio forestal.

Italia, cómo no, se ha unido al caos con la pasión de una telenovela. Estudiantes, camioneros y agricultores han salido a la calle a protestar porque la vida está más cara que un café en la Plaza de San Marcos. En Milán, la cosa se puso tan tensa que volaron objetos y la policía respondió con el clásico repertorio de gases y manguerazos. La primera ministra, Giorgia Meloni, ya está pensando en sacar al ejército a la calle. Una solución muy sutil: si no puedes pagar el pan, te ponemos un tanque en la puerta de la panadería para que te lo pienses dos veces.

La locura se extiende como la mayonesa al sol. En Albania, todo empezó porque el yerno de Donald Trump quería construir un chiringuito de lujo, y la gente prefirió protestar a tener que aguantar turistas con calcetines y sandalias. En Portugal, la gente acampa en las plazas porque les sale más barato que un albergue juvenil. Y en Bélgica y Grecia, los profesores están pidiendo cosas tan extravagantes como un sueldo para llegar a fin de mes y que las escuelas no se les caigan encima. ¡El colmo del privilegio!

En resumen: Europa es ahora mismo una olla a presión a punto de reventar, donde cada país compite por ver quién organiza el berrinche más ruidoso. Los políticos corren como pollos sin cabeza intentando poner parches, mientras los ciudadanos han descubierto que la piromanía es una forma de expresión política tan válida como el voto. Bienvenidos al nuevo deporte europeo: el lanzamiento de adoquín sincronizado.

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