JPMorgan, el banco que viste de traje hasta para ir al baño, finalmente ha decidido mirar de reojo al bitcoin. Por primera vez en la historia de la humanidad y de las corbatas caras, estos señores han incluido a la criptomoneda en sus sagradas hipótesis a largo plazo. Es el equivalente financiero a que tu abuelo te pregunte qué es eso de las historias de Instagram; una mezcla de curiosidad genuina y pánico absoluto.
Según sus sesudos análisis, esta maravilla digital podría ofrecer una rentabilidad anualizada del 10% durante la próxima década, superando a las acciones, los bonos y hasta el oro que tu tía guarda debajo del colchón. Básicamente, te están diciendo que podrías ganar más dinero que vendiendo tamales en la final del mundial. Pero, como en toda promesa de político, aquí viene la letra pequeña con lupa.
El pequeño inconveniente es que el bitcoin tiene una volatilidad anual del 55%, lo que lo hace más inestable que tu estado de ánimo un lunes por la mañana sin café. Para que se entienda mejor, su comportamiento es tres veces más errático que el de las acciones de grandes empresas. Invertir ahí es como subirse a una montaña rusa diseñada por un payaso malvado; la emoción está garantizada, pero la posibilidad de vomitar hasta el alma también.
Debido a este nivel de drama, JPMorgan ha aclarado que, por ahora, ni de broma van a incluir al bitcoin en sus principales carteras de inversión. Lo consideran tan impredecible como el final de una telenovela venezolana, gracias a sus «correlaciones inestables» con otros activos. Es como decirle a un amigo: «¡Qué partidazo es tu equipo, pero no apostaría por él ni con tu dinero!».
Lo más cómico de todo es que, mientras los directivos lo miran con pinzas, una décima parte de sus clientes encuestados ya se lanzó de cabeza a la piscina del cripto-desorden. El banco concluye que si el bitcoin algún día madura, se calma y deja de tener los cambios de humor de un adolescente, quizás lo tomen más en serio. Mientras tanto, lo observarán desde una distancia segura, con una calculadora en una mano y una bolsa para el mareo en la otra.




