¡Atención, respetable público del circo electoral! La segunda vuelta presidencial en Brasil se presenta más emocionante que capítulo final de telenovela turca. Los votantes tienen que elegir entre dos candidatos, Flávio Bolsonaro y Luiz Inácio Lula da Silva, en una contienda que parece más una rifa de problemas que una elección. La corrupción es el tema del momento, pero en lugar de hacer que la gente cambie de bando, parece que la principal ganadora será la abstención. El verdadero partido mayoritario en Brasil, al parecer, es el de los que prefieren quedarse en casa viendo el fútbol o haciendo una siesta heroica.
El menú electoral es para paladares valientes. Por un lado, tenemos a Bolsonaro, cuyo currículum incluye investigaciones por la santísima trinidad de las finanzas creativas: corrupción, lavado de dinero y evasión fiscal. Por el otro, está Lula, un veterano que ya pasó 19 meses a la sombra por cargos similares, aunque luego sus condenas fueron anuladas por un tecnicismo que haría llorar de emoción a cualquier abogado tramposo. Es como tener que elegir entre que te robe un carterista con experiencia o uno que está haciendo una pasantía.
La polarización ha llegado a un nivel que ríete tú de la rivalidad entre Boca y River. Los brasileños van a votar con la camiseta de su equipo bien puesta: los rojos de Lula contra los verdeamarillos de Bolsonaro. La lógica es simple: mi candidato es un santo varón y el tuyo es el anticristo con mal aliento. Una profesora de ciencias políticas lo explicó con elegancia: la gente tiene un superpoder para ignorar cualquier información que no le guste, como cuando finges que no ves esa factura de la tarjeta de crédito. Una estudiante lo resumió aún mejor: «Si votara por alguien sin corrupción, votaría en blanco. Pero aquí se trata de poder votar en la próxima elección, si es que queda país».
Para echarle más sal a la herida, acaba de explotar un nuevo escándalo con el Banco Master, salpicando a jueces y políticos, y recordándole a la gente la telenovela de corrupción más larga de la historia: la Operación Lava Jato. Este desfile constante de trapicheos tiene a la gente más desmotivada que un lunes por la mañana. El desencanto es tal que muchos consideran que ir a votar es un esfuerzo inútil, como intentar armar un mueble de IKEA sin el manual de instrucciones.
Al final, la voz del pueblo es un coro de suspiros. Un asistente de cocina de Río de Janeiro ya ni se acuerda de cuándo fue la última vez que votó. «No hay opciones buenas, ninguno me representa. Prefiero pagar la multita, que seguro es más barata que la terapia que necesitaría después», confiesa. El voto es obligatorio, pero la multa es tan simbólica que sale más caro un café. El remate cómico lo pone un taxista que, indignado por la corrupción, exige políticos sin antecedentes penales… y acto seguido, anuncia que votará por Bolsonaro para «necesitar un cambio». Un cambio de un problema a otro, al parecer. Brasil, nunca dejes de sorprendernos.




