¡Agarren sus carteras! Lula y Bolsonaro se acusan de querer vaciar hasta la alcancía del país

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A pocos días de que los brasileños decidan si prefieren un susto o un espanto, la campaña electoral se ha convertido en el episodio final de una telenovela de bajo presupuesto. Los protagonistas, Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, han decidido que la mejor estrategia es acusarse mutuamente de querer dejar al pueblo más pelado que rodilla de cabra, con el famoso subsidio Bolsa Familia como el jamón del sándwich.

La cosa se puso buena cuando Lula, en plena gira de besamanos y abrazos por el noreste, soltó la bomba: acusó al equipo del Bolsonaro de tener un plan más siniestro que villano de caricatura para eliminar la Bolsa Familia. Según el exsindicalista, querían darle a los beneficiarios un «periodo de prueba» de dos años para que se hicieran millonarios por su cuenta, y si no, pues mala suerte, a comer aire se ha dicho. «¡Es el programa más exitoso del mundo para que la gente no se muera de hambre, y este señorito quiere usarlo de servilleta!», exclamó Lula, probablemente mientras se ajustaba el bigote con gesto dramático.

Como era de esperarse, a Bolsonaro casi se le atraganta el café con la noticia. Su equipo de campaña salió corriendo a apagar el incendio con un vasito de agua, jurando y perjurando que nadie se quedaría sin su dinerito. El propio candidato grabó un video con la misma urgencia de una estrella de internet pidiendo perdón, diciendo: «¡Tranquilos, mis queridos votantes! Esa es una noticia más falsa que un billete de tres pesos. Su platita está segura. Yo los cuidaré como si fueran mi planta de interior favorita». Mientras tanto, recordaban que el mismísimo Bolsonaro padre alguna vez llamó al programa «bolsa-migajas», lo que no ayuda mucho a su credibilidad.

Pero el circo no termina ahí. Como en toda buena pelea de vecinos, después de los gritos vienen los «¡a que no te atreves!». Lula, sintiéndose envalentonado, retó a Bolsonaro a un «destape» financiero: un striptease de cuentas bancarias y registros telefónicos. «¡Yo muestro todo, hasta los recibos del pan! A ver si él tiene el valor de enseñar sus trapitos al sol», desafió Lula, incluyendo en el paquete a su esposa y a toda su prole, como si fuera una oferta de «lleve cinco y pague uno». La propuesta era clara: que la justicia electoral publicara todo, para que el pueblo viera quién tiene más esqueletos en el clóset.

La respuesta de Bolsonaro fue… bueno, la de siempre: desviar la atención y contraatacar. Lula no perdió la oportunidad para recordarle al público el numerito de Bolsonaro en el último debate, donde se paró detrás de él con la palabra «corrupto» escrita en la mano, como un niño de primaria que acaba de descubrir los insultos. «¡Corrupta es su familia!», espetó Lula, antes de preguntar con una inocencia fingida cómo es que alguien con sueldo de político se compra una mansión que cuesta más que un riñón en el mercado negro. A cinco días de la votación, los brasileños tienen que elegir entre dos candidatos que se tiran el lodo con la precisión de un lanzador de Grandes Ligas, mientras los indecisos probablemente están buscando en Google «cómo mudarse a Uruguay».

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