Parece que la fiesta loca de la inteligencia artificial ha llegado a su fin, y la resaca es de campeonato. La última en llegar al guateque fue Elice Inc., una empresa surcoreana de la que nadie había oído hablar hasta que decidió salir a bolsa. Su gran debut se convirtió en un porrazo épico, con una caída del 32% que sonó como un plato de loza estrellándose en una biblioteca.
Y el pánico es más contagioso que un bostezo en una reunión de lunes. Un montón de empresas con nombres rimbombantes como Firmus Grid, AirTrunk y Nscale han decidido que mejor no salen a la bolsa, como si les diera pánico escénico de último minuto. CoreWeave, otra de las estrellas del momento, vio cómo el valor de sus bonos se disparaba al 15%, lo que en el mundo financiero es como ponerle un letrero de «no me toquen ni con un palo».
Estas compañías, llamadas *neoclouds*, tenían un plan que parecía infalible: endeudarse hasta las cejas para comprar todas las tarjetas gráficas de Nvidia y luego alquilarlas a precio de oro. Es como el que pide un crédito para comprar un Ferrari y ponerlo de taxi, esperando que la gente pague una fortuna por ir al supermercado. El problema es que ahora los inversores se preguntan si el negocio es tan brillante o si solo es una burbuja a punto de estallar.
La cosa se pone seria cuando hasta los peces gordos empiezan a sudar frío. SoftBank, que ha apostado más dinero a la inteligencia artificial que un ludópata en Las Vegas, está viendo cómo sus jugadas no salen como esperaba. Tuvieron que emitir bonos basura por unos US$11.000 millones, pagando intereses que ni el usurero del barrio se atrevería a cobrar. Esto demuestra que la confianza en el sector se ha ido de vacaciones sin fecha de regreso.
A pesar del drama, los fabricantes de los componentes básicos, como TSMC y ASML, siguen vendiendo chips como pan caliente, asegurando que la demanda es sólida. Pero el «efecto halo» de la IA, ese que hizo que una empresa de zapatillas se disparara un 600% solo por decir que se dedicaría a la IA, se ha desvanecido. Ahora, en lugar de un halo, parece que las empresas de IA tienen una nube negra de tormenta sobre sus cabezas.
Ahora todos los ojos están puestos en la próxima gran salida a bolsa de Anthropic, que será el termómetro definitivo para ver si al paciente le queda algo de vida o si ya podemos llamar a la funeraria. El futuro de una industria de billones de dólares depende de si un puñado de inversores se levanta de buen humor ese día. Mientras tanto, el resto de las empresas de IA esperan, con más nervios que un estudiante antes de un examen final para el que no estudió.



